El doble lenguaje nacionalista

A raíz del Manifiesto por la lengua común se han sucedido las reacciones por parte del nacionalismo, especialmente del catalán, todas ellas dominadas por un elemento común: el falseamiento de los argumentos del contrario para desprestigiarlo y para no tener que contestar con coherencia a unos argumentos incontestables.

Pero, aún más que esta indigna traición a la dialéctica, me molesta la lacerante hipocresía de que hacen gala, en la mayor parte de los casos, los que defienden la política de inmersión lingüística y todas las demás facetas del nacionalismo llevado a la práctica. Y en esto los nacionalistas catalanes tienen una especial habilidad: desde tiempo inmemorial utilizan un doble discurso, según se dirijan a sus correligionarios o al público general.

Cuando un catalanista habla para el público general adopta una postura de falsa ecuanimidad; defiende una equiparación efectiva de dos lenguas que, según ellos, se encuentran en situación de desequilibrio que se debe corregir; habla de la necesidad de integrar a los recién llegados para evitar que se vean privados de derechos por no dominar la lengua «propia»; tranquiliza al interlocutor acerca de la sólida implantación del castellano en Cataluña, que nunca va a peligrar y que todos los niños van a dominar a la perfección aunque no lo estudien más que un par de horas a la semana.

Ninguno de esos argumentos aprobaría el más elemental examen de solidez. Pero es que ni siquiera quienes los sostienen se los creen. Es más: son conscientes de que sólo los deben utilizar frente a los no nacionalistas. Cuando se dirigen a sus propias huestes, los nacionalistas cambian totalmente de discurso. El castellano es una lengua extraña a Cataluña, que se impuso por la fuerza de las armas y de la burocracia represiva, arrinconando la lengua «nacional» al uso doméstico, y no habrá descanso hasta que se haya recuperado la situación anterior a ese ultraje histórico. Además, debe generarse en las nuevas generaciones el rechazo a todo lo español, para que algún día sean mayoría los independentistas que voten, en el oportuno referéndum, a favor de la liberación de Cataluña.

¡Que hablen claro! Tienen todo el derecho a expresar sus opiniones, pero, por favor, que no oculten sus intenciones. Que no nos hagan creer lo que ni ellos mismos piensan. En Cataluña y en el resto de España hay millones de incautos que se tragan esas mentiras y las hacen suyas (sincera o interesadamente). No hay que preservar el catalán, sino que erradicar el castellano. No hay que promocionar la igualdad deoportunidades, sino el sentimiento nacional catalán. No hay voluntad de alcanzar altas cotas de autogobierno, sino de avanzar inexorablemente hacia la independencia. Y lo conseguirán, sin duda alguna, con la colaboración de los que, acomplejados e indolentes, no sean capaces de superar el miedo a que les llamen ultraderechistas. Porque, en la nueva álgebra contaminada por el nacionalismo, progreso es igual a segregación.

Comentarios

1-Una lección de historia estaría bien para ellos.
2-Una de lengua y de historia de la lengua, estaría mejor.

Pero a pesar de todos, no hay más ciego que el que no quiere ver y estos no quieren ver nada de lo que no les convenga.
Me gusta el planteamiento de la entrada


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